Clavileño es el caballo de madera más famoso de la literatura española. En la segunda parte del Quijote, don Quijote y Sancho lo montan con los ojos vendados convencidos de que vuelan hasta un reino lejano, cuando en realidad no se mueven del jardín de los duques. Es una de las aventuras más divertidas de la novela y una de las que mejor retratan a sus dos protagonistas. Te contamos quién es Clavileño, qué pasa en el episodio y por qué su final es tan memorable.
En resumen: Clavileño el Alígero es un caballo de madera que, según la dueña Dolorida, fabricó el sabio Merlín y vuela gobernado por una clavija en la frente. En realidad es una burla de los duques. Don Quijote y Sancho lo montan con los ojos vendados en el capítulo 41 de la segunda parte para ir al reino de Candaya; los criados los abanican con fuelles y les acercan estopas encendidas, y la aventura acaba cuando el caballo, lleno de cohetes, estalla en el mismo jardín.

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La dueña Dolorida y el gigante Malambruno
La aventura empieza unos capítulos antes, durante la estancia de don Quijote y Sancho en el palacio de los duques. Allí se presenta la condesa Trifaldi, llamada también la dueña Dolorida, con un séquito de dueñas cubiertas de velos. Cuenta que el gigante Malambruno, «primo cormano de Maguncia», ha convertido a la princesa Antonomasia en «una jimia de bronce» y a su enamorado don Clavijo en «un espantoso cocodrilo», y que como castigo a ella y a sus dueñas les ha llenado la cara de barbas. Solo don Quijote puede deshacer el encantamiento, y para llegar al lejano reino de Candaya, Malambruno le enviará un caballo muy especial.
Todo es una farsa. Cervantes ya ha avisado al lector de que el duque tenía un mayordomo «de muy burlesco y desenfadado ingenio», el mismo que había organizado la aparición de Merlín, y que con ayuda de sus señores preparó otra burla «del más gracioso y estraño artificio que puede imaginarse».
Quién es Clavileño
Según la Dolorida, es el mismo caballo de madera en el que el valeroso Pierres raptó a la linda Magalona, compuesto por el sabio Merlín. Se gobierna con una clavija que tiene en la frente y vuela tan suave que quien va encima puede llevar una taza llena de agua sin derramar una gota. Además, «ni come, ni duerme ni gasta herraduras». Cuando Sancho pregunta por su nombre, la condesa responde que no se llama Pegaso ni Bucéfalo, sino Clavileño el Alígero, «cuyo nombre conviene con el ser de leño, y con la clavija que trae en la frente, y con la ligereza con que camina». Sancho, siempre fiel a lo suyo, no se queda atrás y lo compara con Rocinante.
La llegada del caballo
Al caer la noche entran en el jardín cuatro salvajes vestidos de yedra que traen a hombros un gran caballo de madera. Uno de ellos anuncia: «Suba sobre esta máquina el que tuviere ánimo para ello». La respuesta de Sancho es inmediata: «Aquí yo no subo, porque ni tengo ánimo ni soy caballero». Los salvajes explican que basta con torcer la clavija y que caballero y escudero deben ir con los ojos tapados hasta que el caballo relinche, para que la altura no les cause mareos.

Antes de partir, don Quijote intenta aprovechar el momento y le pide a Sancho que se dé al menos quinientos de los tres mil trescientos azotes que debe para desencantar a Dulcinea. Sancho se niega en redondo: no piensa lastimarse justo antes de ir sentado sobre una tabla. Ya con los ojos vendados, don Quijote se acuerda del caballo de Troya y quiere comprobar qué lleva Clavileño en el estómago, pero la Dolorida lo tranquiliza y los dos acaban subiendo, el caballero en la silla y el escudero en las ancas, que según Sancho «más parecían de mármol que de leño».
El vuelo que nunca despegó
En cuanto don Quijote toca la clavija, todos los presentes empiezan a gritar que ya van volando por los aires «con más velocidad que una saeta». Sancho, abrazado a su amo, no acaba de entender una cosa: «¿cómo dicen éstos que vamos tan altos, si alcanzan acá sus voces?». Mientras tanto, unos criados los abanican con grandes fuelles para simular el viento y les acercan a la cara estopas encendidas colgadas de una caña. Don Quijote, convencido, explica que han llegado a la región del aire donde se forman el granizo y la nieve, y que pronto alcanzarán la región del fuego. Sancho lo confirma a su manera: se le ha chamuscado buena parte de la barba.
Para rematar la burla, los duques prenden fuego a la cola de Clavileño, que estaba lleno de cohetes, y el caballo sale volando «con estraño ruido» y deja a don Quijote y a Sancho en el suelo, medio chamuscados, en el mismo jardín del que habían partido. Las dueñas han desaparecido y una lanza clavada en el suelo sostiene un pergamino que anuncia que don Quijote ha acabado la aventura «con sólo intentarla».

Las siete cabrillas de Sancho
Lo mejor llega después. Cuando la duquesa le pregunta por el viaje, Sancho cuenta que se apartó un poco el pañuelo y vio la tierra «no mayor que un grano de mostaza», y a los hombres «poco mayores que avellanas». Y aún va más lejos: asegura que pasaron junto a las siete cabrillas, las Pléyades, y que, como de niño había sido cabrero, se bajó de Clavileño y estuvo jugando con ellas casi tres cuartos de hora. Cuando le piden las señas, las describe con todo detalle: «las dos verdes, las dos encarnadas, las dos azules, y la una de mezcla».
Don Quijote, que no se ha quitado la venda en ningún momento, sospecha que «o Sancho miente o Sancho sueña». Y entonces le dice al oído una de las frases más geniales de la novela:
«Sancho, pues vos queréis que se os crea lo que habéis visto en el cielo, yo quiero que vos me creáis a mí lo que vi en la cueva de Montesinos; y no os digo más.»
Con esa frase, el caballero reconoce a medias que lo que contó de su bajada a la cueva de Montesinos, en las Lagunas de Ruidera, podría ser tan fantástico como el paseo de Sancho entre las estrellas.
Por qué es tan importante este episodio
La aventura de Clavileño resume muy bien la segunda parte del Quijote. Aquí ya no es el hidalgo quien confunde molinos con gigantes: son los duques quienes montan un engaño para divertirse a su costa. Y, sin embargo, los dos protagonistas salen enteros. Don Quijote demuestra su valor subiendo al caballo pese a todo, y Sancho se revela como un narrador capaz de inventar un viaje celeste con más gracia que cualquier libro de caballerías. Justo después de esta aventura, el duque cumple su promesa y Sancho parte a gobernar la ínsula Barataria.
Clavileño hoy
El caballo de madera se ha convertido en un símbolo del viaje y de la imaginación. Uno de los ejemplos más vistosos es la escultura Clavileño, de 1970, obra de Joaquim Ros Sabaté, que se alza junto a la terminal 2 del aeropuerto de Barcelona: un guiño perfecto para el lugar desde donde despegan los viajeros de verdad.

Si te ha gustado este episodio, puedes seguir con nuestro resumen del Quijote o conocer mejor a Sancho Panza, el gran protagonista de esta aventura.
Preguntas frecuentes
Es un caballo de madera que, según la burla preparada por los duques, vuela por los aires y se gobierna con una clavija en la frente. Don Quijote y Sancho lo montan con los ojos vendados en los capítulos 40 y 41 de la segunda parte.
La dueña Dolorida explica que se llama Clavileño el Alígero porque su nombre conviene con el ser de leño, con la clavija que trae en la frente y con la ligereza con que camina.
Se anuncia en el capítulo 40 de la segunda parte y el vuelo ocurre en el capítulo 41, titulado «De la venida de Clavileño, con el fin desta dilatada aventura».
Los duques prenden fuego a la cola del caballo, que estaba lleno de cohetes, y don Quijote y Sancho caen al suelo medio chamuscados en el mismo jardín del que habían partido. Un cartel anuncia que la aventura se ha cumplido con solo intentarla.
Foto de portada: Fondo Antiguo de la Biblioteca de la Universidad de Sevilla, CC BY 2.0, vía Wikimedia Commons.
