En 1614, cuando Cervantes llevaba años trabajando en la continuación de su novela, apareció en Tarragona un libro titulado Segundo tomo del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. No lo había escrito él. Lo firmaba un tal Alonso Fernández de Avellaneda, «natural de la villa de Tordesillas», un nombre que casi con seguridad es falso, y venía con un prólogo cargado de insultos contra Cervantes. Es el Quijote de Avellaneda, también llamado Quijote apócrifo, y su historia es una de las más curiosas de la literatura: sin él, la segunda parte del Quijote de Cervantes sería muy distinta.
En resumen: el Quijote de Avellaneda es una continuación no autorizada del Quijote, publicada en Tarragona en 1614, un año antes que la segunda parte auténtica. En ella don Quijote viaja a Zaragoza y a Madrid y acaba encerrado en un manicomio de Toledo. Nadie sabe con certeza quién se escondía tras el seudónimo, aunque el candidato más citado es el soldado aragonés Jerónimo de Pasamonte. Cervantes contestó en el prólogo y en varios capítulos de su segunda parte (1615), donde llega a burlarse del libro y a robarle un personaje. Ve directo a de qué trata, a quién era Avellaneda o a cómo respondió Cervantes.

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Qué es el Quijote de Avellaneda
La primera parte del Quijote, publicada en 1605, fue un éxito inmediato, y Cervantes dejó la puerta abierta a una continuación. Pero antes de que él la terminara, en 1614 salió de la imprenta de Felipe Roberto, en Tarragona, el Segundo tomo del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, que contiene su tercera salida y es la quinta parte de sus aventuras, firmado por «el licenciado Alonso Fernández de Avellaneda, natural de la villa de Tordesillas».
En aquella época no existían los derechos de autor tal como hoy los entendemos, y continuar un libro de éxito ajeno no era un delito. Ya había pasado, por ejemplo, con el Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán, que tuvo una segunda parte apócrifa en 1602. Lo que hizo especial al libro de Avellaneda fue el tono de su prólogo, que convirtió la continuación en un ataque personal contra Cervantes.
De qué trata el Quijote de Avellaneda
La novela arranca donde terminaba la primera parte de Cervantes. Don Quijote, de vuelta en su aldea, «Argamesilla de la Mancha» (un guiño a Argamasilla de Alba), parece haber recobrado el juicio y vuelve a llamarse Martín Quijada. Pero la visita de don Álvaro Tarfe, un caballero granadino de camino a las justas de Zaragoza, le devuelve la locura. Esta vez se hace llamar el Caballero Desamorado, porque ha renunciado a Dulcinea, y sale de nuevo con Sancho.
Una pelea con un melonero en Ateca le hace llegar tarde a las justas, y en Zaragoza don Álvaro y sus amigos le preparan burla tras burla. Desde allí parte hacia Madrid para luchar contra el gigante Bramidán de Tajayunque. Por el camino, entre Sigüenza y Alcalá de Henares, se les une Bárbara, una mujer de mala vida a la que don Quijote toma por la reina Zenobia. La historia termina mal para el caballero: lo encierran en la Casa del Nuncio de Toledo, el manicomio de la ciudad. Bárbara acaba en una casa de arrepentidas y Sancho se queda en Madrid al servicio de un noble. El libro anuncia incluso una tercera parte que nunca llegó.
Comparado con el de Cervantes, el don Quijote de Avellaneda es más loco y menos noble, y su Sancho, más tosco y glotón. Los dos personajes pierden la ternura y la profundidad que los hicieron inolvidables, y el humor se apoya sobre todo en los golpes y las burlas.
Un prólogo contra Cervantes
Si el libro escoció tanto fue por su prólogo. Avellaneda acusa a Cervantes de haberlo ofendido a él y a Lope de Vega, se burla de su edad y de su mano estropeada en Lepanto, y le reprocha tener más lengua que manos. Cervantes, que ya pasaba de los 65 años, contestó un año después en el prólogo de su segunda parte, con una mezcla de ironía y dignidad:
«Lo que no he podido dejar de sentir es que me note de viejo y de manco, como si hubiera sido en mi mano haber detenido el tiempo, que no pasase por mí, o si mi manquedad hubiera nacido en alguna taberna, sino en la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros».
Esa «más alta ocasión» es la batalla de Lepanto (1571), donde Cervantes perdió la movilidad de la mano izquierda, y de la que siempre se sintió orgulloso. En el mismo prólogo se refiere al rival como el autor «de aquel que dicen que se engendró en Tordesillas y nació en Tarragona», y le reprocha que «no osa parecer a campo abierto y al cielo claro, encubriendo su nombre».
¿Quién era Avellaneda?
Más de cuatro siglos después, sigue siendo un misterio. Nadie ha encontrado a un licenciado Alonso Fernández de Avellaneda de Tordesillas que pudiera haber escrito el libro, así que casi todos los estudiosos lo consideran un seudónimo. Estos son los candidatos más citados:
- Jerónimo de Pasamonte: soldado aragonés que coincidió con Cervantes en Lepanto y escribió una autobiografía. Es el candidato preferido por el gran cervantista Martín de Riquer, entre otros. Según esta teoría, Cervantes lo habría ridiculizado en la primera parte como Ginés de Pasamonte, el galeote liberado por don Quijote, y el falso Quijote sería su venganza. Encaja con una pista que deja el propio Cervantes, que dice que el libro no lo escribió Cide Hamete «sino un aragonés, que él dice ser natural de Tordesillas», y que se burla de que su lenguaje «es aragonés, porque tal vez escribe sin artículos».
- El círculo de Lope de Vega: como el prólogo defiende a Lope, enemistado entonces con Cervantes, muchos han buscado al autor entre sus amigos y admiradores, y algunos han llegado a señalar al propio Lope.
- Otros nombres: Cristóbal Suárez de Figueroa, Pedro Liñán de Riaza, Alfonso Lamberto, fray Luis de Aliaga, Juan Blanco de Paz o los hermanos Argensola, entre muchos otros. Ninguna de las propuestas ha convencido a todos.

Cómo respondió Cervantes
La mejor respuesta de Cervantes no fue el prólogo, sino la propia novela. El falso Quijote se cuela en la segunda parte auténtica (1615) y se convierte en parte de la trama, en uno de los juegos literarios más modernos de su tiempo.
Don Quijote descubre que hay otro don Quijote
En el capítulo 59 de la segunda parte, don Quijote y Sancho cenan en una venta cuando oyen en el cuarto de al lado a dos caballeros, don Juan y don Jerónimo, que proponen leer «otro capítulo de la segunda parte de Don Quijote de la Mancha». Lo que más molesta a uno de ellos es que el libro «pinta a don Quijote ya desenamorado de Dulcinea del Toboso». El caballero salta como un resorte:
«Quienquiera que dijere que don Quijote de la Mancha ha olvidado, ni puede olvidar, a Dulcinea del Toboso, yo le haré entender con armas iguales que va muy lejos de la verdad».
Al hojear el libro, don Quijote encuentra otro error: llama a la mujer de Sancho Mari Gutiérrez, «y no llama tal, sino Teresa Panza». Tiene su gracia, porque en la primera parte el propio Cervantes la había llamado Juana Gutiérrez y Mari Gutiérrez. Sancho, ofendido, exclama: «¡Donosa cosa de historiador!».
Rumbo a Barcelona en lugar de Zaragoza
Cuando los caballeros le cuentan que el don Quijote del libro participa en las justas de Zaragoza, el verdadero cambia de planes: «no pondré los pies en Zaragoza, y así sacaré a la plaza del mundo la mentira dese historiador moderno». Y se encamina a Barcelona, donde vivirá algunas de sus últimas aventuras, entre ellas la derrota frente al Caballero de la Blanca Luna en la playa. Es decir, el libro de Avellaneda cambió el rumbo de la novela de Cervantes.
Unos diablos juegan a la pelota con el libro
En el capítulo 70, Altisidora cuenta que ha estado a las puertas del infierno, donde vio a unos diablos jugando a la pelota con libros. A uno, «nuevo, flamante y bien encuadernado», le dieron tal golpe que le sacaron las tripas. Era la «Segunda parte de la historia de don Quijote de la Mancha, no compuesta por Cide Hamete, su primer autor, sino por un aragonés». El veredicto de uno de los diablos no puede ser más duro: es tan malo «que si de propósito yo mismo me pusiera a hacerle peor, no acertara».
Cervantes le roba un personaje a Avellaneda
La jugada más brillante llega en el capítulo 72. En una posada, don Quijote coincide con don Álvaro Tarfe, el caballero inventado por Avellaneda, que asegura haber sido gran amigo de un don Quijote muy distinto. El verdadero caballero le pide que haga una declaración ante el alcalde del pueblo «de que yo no soy el don Quijote impreso en la segunda parte, ni este Sancho Panza mi escudero es aquél que vuestra merced conoció». Y don Álvaro firma: un personaje del libro falso certifica, dentro del libro auténtico, que los suyos son unos impostores.
La muerte de don Quijote
Al final de la novela, Cervantes hace que el caballero recupere el juicio y muera en su cama como Alonso Quijano el Bueno, lo que cerraba la puerta a nuevas continuaciones. Y en las últimas líneas, la pluma de Cide Hamete deja un mensaje que va directo a Avellaneda:
«Para mí sola nació don Quijote, y yo para él; él supo obrar y yo escribir; solos los dos somos para en uno, a despecho y pesar del escritor fingido y tordesillesco que se atrevió, o se ha de atrever, a escribir con pluma de avestruz grosera y mal deliñada las hazañas de mi valeroso caballero».
¿Merece la pena leer el Quijote de Avellaneda?
Como curiosidad, sí. No está a la altura del original, pero es un libro entretenido y se lee bien en ediciones modernas, y ayuda a entender muchos pasajes de la segunda parte de Cervantes. Lo ideal es leerlo después de las dos partes auténticas, para disfrutar de las comparaciones. Si quieres repasar antes la historia verdadera, aquí tienes nuestro resumen del Quijote.
Estas son dos ediciones fáciles de encontrar:
- El Quijote apócrifo, de Cátedra: en la colección Letras Hispánicas, con un estudio de los problemas de autoría y notas al texto. La más completa.
- El Quijote de Avellaneda, de Juventud: una edición sencilla y más económica, para leerlo como novela.
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Preguntas frecuentes
Es una continuación no autorizada del Quijote, publicada en Tarragona en 1614 con el título de Segundo tomo del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha y firmada por Alonso Fernández de Avellaneda, un seudónimo. Salió un año antes que la segunda parte auténtica de Cervantes, de 1615.
No se sabe con certeza. El nombre de Alonso Fernández de Avellaneda se considera un seudónimo. El candidato más citado es el soldado aragonés Jerónimo de Pasamonte, defendido por Martín de Riquer, aunque también se ha señalado a autores del círculo de Lope de Vega y a muchos otros.
En el prólogo de su segunda parte, de 1615, y dentro de la propia novela: en el capítulo 59 don Quijote descubre el libro falso y decide no ir a Zaragoza sino a Barcelona; en el 70 unos diablos juegan a la pelota con él; y en el 72 don Álvaro Tarfe, un personaje de Avellaneda, declara ante el alcalde que el don Quijote verdadero no es el que él conoció.
Don Quijote acaba encerrado en la Casa del Nuncio de Toledo, el manicomio de la ciudad. Sancho se queda en Madrid al servicio de un noble, y el libro anuncia una tercera parte que nunca se publicó.
Imagen de portada: montaje con las portadas del Quijote de Avellaneda (1614) y de la segunda parte de Cervantes (1615), de dominio público, vía Wikimedia Commons.
